jueves, 2 de junio de 2016

LA SEÑORA DE LA FERIA DEL LIBRO

Ayer estuve firmando en la Feria del Libro de Madrid. Quiero decir, pasé un par de horas allí, entrando y saliendo del stand, fumando para entretenerme. Después me trajeron una cerveza y me la bebí disimuladamente, y cuando acabó el asunto me fui a tomar cañas con unos colegas. Vino gente, firmé algunos libros, me hice fotos, no estuvo mal.

El caso es que en la caseta había una señora, otra escritora, de mediana edad, muy maquillada, con ropa cara. Estaba tan desesperada por vender un libro como un comercial de Iberdrola muerto de hambre, o un gestor de recobros. Llamaba la atención de la gente, les ponía el libro entre las manos, convenciéndoles de que no iban a encontrar nada igual en toda la feria. Bueno, bonito, barato. Era una especie de verdulera en un mercadillo de barrio, pero con aspecto elegante.

Realmente tenía interés en vender el libro. Yo no. De vez en cuando el librero me reclamaba, porque algún viandante estaba ojeando Golondrinas Muertas, y claro, en teoría yo tenía que explicarle al chaval, o al señor, o a la abuelita, por qué tenía que comprar mi libro y no otro. Pero yo estaba fuera del stand, así que me daba la vuelta y les decía “soy el autor, cualquier cosa estoy aquí”, y después seguía a lo mío, fumando y charlando con la gente. No era mi lucha, mi lucha está en otra parte.

La señora no se movió de su silla en toda la tarde. Se inclinaba por encima del mostrador para saludar a sus familiares. Sonreía todo el tiempo, pero era esa típica sonrisa eléctrica, pegada a los labios como con silicona. Sostenía el libro frente a sí para dejar claro que era ella quién lo había escrito. Daba pena verla, lo estaba pasando mal. Podías imaginar su pequeño ego expandiéndose con cada copia vendida, contrayéndose con cada cliente que se le escapaba. Sudaba incluso. Un libro entretenido, para toda la familia, decía. No se arrepentirá. Se la veía tan cansada, tan derrotada, tan absorbida por el sistema. Intentando dar esa imagen de escritora profesional, siendo consciente de que no escribía bien.


Porque al fin y al cabo, escribir es tan fácil como sentarte frente al computador y enlazar palabras. La pe con la a, pa. La eme con la a, ma. Escribir bien, escribir un buen texto, una buena novela, es ya otra cosa. No es tan simple, hay algunos trucos. Y vender tu obra, tenga el valor que tenga, es otra. Son conceptos distintos, y es importante saber distinguirlos. En un momento, el marido de la señora me pidió un bolígrafo. Yo le dije que no tenía. Él me miró de arriba abajo, despacio, incrédulo, con una mezcla de admiración y desprecio, mientras su mujer trataba de cerrar otra venta. Después el tío me preguntó que cómo se me ocurría venir a firmar sin bolígrafo. No entendía nada. Yo sonreí, aguantándole la mirada, encendí otro cigarro, y me encogí de hombros, mientras volvía a salir de la caseta. Pensando que no había nada, absolutamente nada que pudiera entender.