domingo, 14 de agosto de 2016

HASTA EL TUÉTANO, JUAN CABEZUELO

Lo primero que diría de la novela es que es rápida. Me la leí en tres tardes, básicamente porque el ritmo interno es vertiginoso, con independencia de la extensión del texto, apenas 130 páginas. Se lee muy rápido. Todo sucede corriendo, como a contrarreloj. También es agobiante, adictiva, una metáfora sería la de un ratón corriendo a no se sabe dónde y huyendo de no se sabe qué, el lector sí lo sabe, y sabe que le van a cazar, la pregunta es cuándo, y quizás también, quién es el ratón y quién es el gato. Preguntas sin respuesta.

Juan Cabezuelo es poeta y sus poemas son mejores que los de la mayoría de gente que va a los slams, tertulias literarias, etcétera. Es importante leer los poemas para entender la novela. Las interacciones entre narrador y personajes son problemáticas. Da la impresión de que el narrador no se decide. Los personajes piensan como el narrador y viceversa. De alguna manera, todo es un poema de Juan Cabezuelo. Sin embargo, y paradójicamente, esos mismos personajes tienen identidad propia, tienen fuerza, matices, están bien construidos. 

La editorial Seleer es una basura, apuntad el nombre, Seleer. No se aprecia el más mínimo trabajo de corrección o revisión. Y eso sí que es una pena, porque le resta muchísimo a la novela. El texto seguramente exigía una segunda lectura. Se aprecian faltas de ortografía, errores de sintaxis, erratas, cambios de tiempo, repetición de palabras y estructuras. Todo ello se habría solventado con un mínimo trabajo de corrección. Editoriales como Seleer deberían desaparecer del mapa, no generan nada, no aportan nada ni a los autores ni a los lectores. No se aprecia ningún trabajo editorial, más allá de la maquetación y la impresión de la novela. Fuck Seleer, que os den por el culo.

Sin embargo, el texto se sostiene porque el autor escribe bien. El hilo narrativo es seductor, es interesante, te anima a pasar a la siguiente página, lo cual es mucho más complicado de lo que parece. Tienes ganas de seguir leyendo. Quieres saber qué cojones está pasando en La Verneda. La historia es cruda, dramática, triste, pero se dirigiere con facilidad. Todo está bien enlazado. Las imágenes son nítidas, directas, ágiles, las descripciones de contexto son acertadas. La relación entre los personajes y la manera como se van entrecruzando los unos con los otros es coherente y está bien construida. Cada una de las vivencias de cada uno de los personajes aporta perspectiva a la novela y contribuye al desarrollo de una cosmovisión desoladora: nadie nunca hace nada y todo apesta. Ese es el trasfondo de la novela, la sensación con la que te quedas una vez terminado el libro, como si ya no hubiera nada más que hacer, solamente seguir contándolo.

Hablaba antes del narrador. No hay concesiones en ese sentido. La ciudad apesta y él también lo sabe. Todos lo saben.  La honestidad es un valor estético, apuntad esto también. No un valor moral. Un valor estético. Y el texto es honesto hasta la saciedad, es brutalmente sincero. Para entendernos, no puedes escribir acerca de algo que no sientes, o acerca de algo en lo que no crees. Suena impostado, ficticio, falso, irreal, tu propia falacia se transmite al texto. Hasta el tuétano es honesta desde la primera línea hasta la última. A su manera, como una tragedia griega. Como un boxeador mejicano. Como una película de serie B. Como todas esas cosas a las que no quieres mirar si tienes una vida cómoda. Quizás, como un yonki en busca del siguiente chute. Como el Tétanos o el Cafre, o el tipo ese de la Olivetti. Apuntad también el nombre, Juan Cabezuelo, y no le perdáis la pista. Sangre, sudor y orina. Da la impresión de que todavía le queda cuerda para rato. 





viernes, 5 de agosto de 2016

EL CLUB DE LA LUCHA

Todos tienen cosas que decir. Van a esos recitales, o leen en la calle, o te llenan el timeline de Twitter con sus reflexiones ingeniosas o con algún extracto de sus poemarios. Entretanto yo leo a Chuck Palahniuk. El club de la lucha. Creo que podría escribir mejor que él. Suena pretencioso, pero me importa una mierda. Ese Palahniuk, lo único que destaca es en el uso de los puntos y aparte. El resto puedes tirarlo a la basura.

Pero entonces, si eres tan bueno, pedazo de gilipollas, ¿qué cojones te pasa? ¿Por qué no llenas las librerías con tus obras maestras, capullo? Si te crees mejor que Palahniuk, mejor que cualquiera de esos escritores, poetas o como se quieran llamar, ¿por qué no veo tus libros en las grandes franquicias? ¿Dónde está tu premio Pulitzer? ¿Dónde están tus eventos, tus fotos, tus comentarios sardónicos, tus followers? ¿Dónde está esa segunda novela?

Verás, no es tan sencillo. Necesito concentrarme. Dormir bien. Comer. Hacer deporte. No fumar demasiado, no beber demasiado. Mantenerme estable. No volverme loco. Y todo eso, bueno, lleva su tiempo. Requiere un esfuerzo. Limpiar en casa, ir a trabajar, salir a la calle y hablar con la gente. No es tan sencillo.

Todos escriben. Organizan sus encuentros literarios y ninguno de ellos tiene el suficiente talento como para hacer que nada de eso merezca la pena. Intentan llenar su ego, conocer gente, relacionarse, follar. Palahniuk también fue a talleres de creación literaria. Pero al menos Palahniuk sabe utilizar los puntos y aparte.

Yo leo El club de la lucha y la gente me pregunta si sigo escribiendo. Sí, claro, sigo escribiendo, algún poema de vez en cuando, no lo he dejado del todo, pero soy demasiado inestable. Ir al gimnasio, comer bien, dormir, mantener la rutina. Los grandes escritores tenían una rutina. Todos. Bukowski, Carver. Incluso Gingsberg o Burroughs. Incluso Palahniuk tenía una rutina. Yo no. A mí me suda la polla sacarme un poema en treinta minutos, o tirarme dos o tres meses sin tocar la computadora. O escribir una novela en menos de un mes. Algunos me dicen: venga, tío, inténtalo, tómatelo en serio, podrías hacerlo, escribes bien. Otros me hablan de agruparnos. Escritores. Hablan de formar una especie de colectivo. Pero yo paso de esa mierda. En las reviews de la novela me comparan con Palahniuk, pero creo que puedo rebasarle. La primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha. Me comparan con Dos Passos y con otros que no conozco. Me comparan con Valle-Inclán. A Dos Passos no creo que pueda rebasarle. A Valle-Inclán tampoco. Bueno, quizás debería hacer algo más. Moverme. Currármelo un poco. Los poetas en los recitales lo hacen, saben venderse. Eh, nena, ¿me conoces? Soy Lucas Albor, aspirante a escritor, ¿no has oído hablar de mí?

Ir a trabajar, comer bien, dormir, lavarse los dientes.

Hacer deporte, fregar los platos, limpiar el polvo.

No beber tanto. Ducharse. Salir a la calle.

Jódete, Palahniuk, ya te tengo pillado. No era tan difícil, soy más rápido que tú. Oye, guapa, ¿me conoces? Soy Lucas Albor, premio Pulitzer del año 2031. Quizás simplemente debería dejarme llevar, soltarlo, escribir, escribir, escribir, y olvidarme de todos esos rollos. Quiero decir, aquello de comer o mantenerme estable. Al final nunca lo consigo.

Hacer deporte. Afeitarse.

Comer pollo y arroz.

Saludar con dos besos.

Al final vuelvo al principio y parece como si todo ese trabajo no hubiera valido de nada. ¿Entonces? Todo parece una jodida pared de cristal, se rompe al más mínimo contacto. Tírate un año, dos años, diez, intentando tener la cabeza en su sitio. Que le jodan a la poesía, que os jodan a todos, quedaros con vuestros textos de mierda, yo voy a lo mío, sencillamente estoy bien y punto. Algunos me hablan de formar un colectivo. Como los beat. No quiero ser mejor que Palahniuk, no quiero ser mejor que nadie. Dejadme en paz. Sólo quiero estar tranquilo, estable.

No beber.

No fumar demasiado.

No tomar estimulantes.

Controlar la dieta.

Que le jodan al idiota de Chuck Palahniuk. Que le jodan a la historia de la literatura.


No quiero saber nada por un tiempo, dices. Ahora estoy bien. Y entonces todo empieza a torcerse otra vez, pasa cualquier cosa, te enamoras o te despiden del curro, tu chica tiene un aborto, o sales dos noches y alteras los biorritmos del sueño y tienes insomnio. Y entonces llega éste o el otro y te dice: oye, qué pasa con tu colaboración para la revista, que pasa con el fanzine, que pasa con mi reseña. Y entonces te ves abajo otra vez, en una habitación de 2x2, soltándolo todo, escribiendo para no volverte loco. Entonces, entonces, entonces. La pared de cristal se rompe cuando el viento sopla de lado. Y el viento tarde o temprano sopla de lado. Yo no quiero ser escritor. Pero sigo escribiendo, ¿entiendes? Por lo de la pared de cristal. Por el viento.