martes, 23 de mayo de 2017

MUDANZA

Querido anónimo:

Si has caído aquí por error, o si estabas buscando algo en concreto, lamento informarte que este blog está desactualizado. Puedes encontrarme en lucasalbor.wordpress

En mi nuevo blog seguirás leyendo ficción, pero también reseñas y artículos sobre técnica literaria. Espero que el contenido te resulte interesante y podamos interactuar allí.

Un afectuoso saludo, Lucas.



martes, 4 de abril de 2017

ROJO CAOBA

Hay un ventanal amplio por el que se cuela la luz de los primeros días de primavera. Las paredes son neutras, blanco polar, y la cama reclinable está en ángulo de 90 grados. Ella se ha quitado las gafas de oxígeno y está vomitando sangre en una bacinilla de plástico, mientras yo le sostengo la cabeza e intento que no se ensucie el cabello. Antes de entrar se lo había teñido de rojo caoba y sospecho que lo que menos querría ahora mismo es que se le ensuciara. Alguien ha echado unos céntimos en el televisor y entre arcada y arcada se escuchan las noticias deportivas. En algún momento debería aparecer el celador, pienso. Pero no aparece.

Termina de vomitar y vuelve a recostarse sobre la cama y cierra los ojos. Yo le limpio la boca con una gasa húmeda y después llevo la bacinilla al baño y la lavo y vuelvo con la bacinilla en la mano y le digo que se debería poner las gafas de oxígeno. Pero esa puta mierda le daña los orificios nasales y le hace llagas. Está hermosa con su pelo rojo caoba recién teñido, incluso le cae bien esa bata de hospital que le pusieron al entrar. Sonrío y ella abre un momento los ojos y me mira y después los vuelve a cerrar. Le pongo las gafas de oxígeno y me siento a su lado y espero a que llegue el celador.

Los médicos piensan que se va a morir. No nos lo dicen claramente, esas cosas nunca las dicen claramente, al menos hasta que no tengan una certeza absoluta. Pero lo piensan. Los enfermeros entran y salen, algunos saludan, otros no. Le cambian la morfina y el suero fisiológico, comprueban las constantes, a veces la pinchan, a veces hablan de hacerle no sé qué prueba, después se marchan. Yo a veces me pregunto que para qué necesitan más pruebas.

Tiene todos los brazos magullados por las vías, y apenas puede moverse sin sentir dolor, por eso se está quieta casi todo el tiempo. Respira muy fuerte, como si le faltara el aire, a veces se atraganta y tose. Le duele cuando tose, pero se hace la dura. A veces gira un poco la cabeza y me mira y sonríe, como si no pasara nada. El televisor se ha apagado y me levanto e introduzco unas monedas y después cambio los canales al azar. A ella le gustaban las series americanas, últimamente se había enganchado a una de fantasmas, aparecidos, algo así, yo nunca prestaba mucha atención. Ella se quedaba viendo la tele y yo me iba a dormir temprano y leía un rato en la cama y los días iban pasando. Pero ahora todo eso se ha roto y además las series que ella veía eran de pago y en el hospital no hay televisión de pago. Así que cambio los canales al azar buscando algo interesante, pero no hay nada interesante.

Imagino que algo del mundo debe quedar ahí fuera. Que a última hora de la tarde los camiones pasan a recoger la basura. Que por las mañanas los automóviles atraviesan las carreteras. Que los niños van al colegio. Que la gente viaja. Imagino que S. habrá empezado ya en su nuevo curro y que M. habrá conseguido promocionar en su empresa.  Uno de estos días se debió celebrar la despedida de J.  Quizás podría llamar a O. y tomar algo con ella, ponernos al día, charlar tranquilamente. También debería llamar a K. Aquí dentro todo se ha detenido y sólo estamos ella y yo y los médicos y los celadores y los enfermeros y la cafetería del hospital y está habitación blanco polar. En el pasillo central hay plantas. Orquídeas, pensamientos. Me pregunto quién tiene el valor de regar las plantas.


Vuelve a vomitar y yo le vuelvo a sujetar el pelo y después limpio la bacinilla en el baño. Le paso una gasa húmeda por la boca y me siento a esperar. Se había teñido el pelo de rojo caoba y sospecho que lo que menos querría es que se le ensuciara.


martes, 17 de enero de 2017

GERTRUDE UPSTAIRS

Una vez Gertrude recorrió la Gran Vía por mitad de la calzada, insultando a los coches que la esquivaban intentando no atropellarla. Estaba buscando un taxi y yo tiraba de ella para volver a la acera, pero estaba borracha y no hacía mucho caso.

Tenía 19 años y se movía y hablaba con esa determinación adolescente, quería comerse el mundo antes de que el mundo terminara con ella, como si de esa manera consiguiera frenar una rueda que sin duda la encaminaba a la destrucción. Siempre tenía razón y siempre tenía cosas que contar. Vestía bien y se maquillaba todo el tiempo y no se daba cuenta de que esa pose altiva y distante era muy frágil, bastaba hablar cinco minutos con ella para darte cuenta de que en realidad lo único que hacía era protegerse, aunque no supieras muy bien de qué.

Una noche estuvimos bailando hasta las 7 a.m y después compramos unas hamburguesas y después la acompañé a casa y todo lo demás. Ese fue nuestro gran momento en común y sospecho que todo lo que vino a continuación fue peor y peor y peor. Esa noche estuvo llorando por un chaval que no le hacía caso y yo la abracé con miedo, como si algo fuera a romperse, pero no paso nada, no se rompió nada y simplemente dejó de llorar y seguimos bailando y después fuimos a por las hamburguesas.

A ella no le gustaba leer, no le gustaban los escritores ni los críticos literarios, yo a veces le hablaba de libros viendo como bostezaba y se aburría y trataba por todos los medios de pensar en otra cosa. A ella le gustaba mirar Instagram y subir fotos a Snapchat y comprarse ropa, se pasaba horas en las tiendas probándose vestidos y después me preguntaba cómo le caían y yo siempre le decía que estupendo, 10 sobre 10, a veces 9 sobre 10, le decía, aunque en realidad todos eran 10 sobre 10.

No le interesaba casi nada de lo que le contaba y tampoco le interesaba que le dijera que me gustaba, así que un día decidí dejar de decírselo. A veces me invitaba a dormir a su casa, supongo que para no sentirse sola, o para que yo no me sintiera sólo, a veces la abrazaba y me decía que me apartara y otras veces me pedía que la abrazara y yo la abrazaba y eso era todo. Al día siguiente se despertaba y se ponía a mirar el móvil y me enseñaba vídeos, después pedíamos comida a domicilio y en algún momento de la tarde yo me iba de allí en silencio.

Éramos dos espíritus repudiados por el sistema, descuartizados, con ese tipo de vidas que nadie querría vivir. Abandonados por todo y por todos, sin ninguna posibilidad, destinados a coleccionar fracasos. Ratones de ciudad deambulando por un mundo que nos quedaba demasiado grande, aferrándonos a cualquier cosa que lo llenara de oxígeno. La diferencia era que ella todavía no se daba cuenta, se empeñaba en pensar que aún podría remontar el vuelo y a veces sonreía.


Después, un día cualquiera, simplemente dejamos de vernos. Y supongo que eso fue todo.